El clima político calienta el mercado bio

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Donald Trump, el Presidente electo de Estados Unidos, no es el único que tiene “grandes ideas” para sentar de cola al ya deprimido comercio mundial. Barack Obama y la dirigencia de la Unión Europea (UE) despidieron 2016 con ganas de hacer tronar un rentable bolsón del mercado de carnes del Viejo Continente (la cuota hormonas), filón que en los últimos tiempos convocó exportaciones de Australia, Uruguay y, en menor medida, la Argentina (uno de los tantos daños auto-infligidos de su política comercial).

No satisfechos con lo anterior, quienes se aprestan a gobernar en 2017 las potencias tradicionales del Atlántico Norte, anuncian medidas que pueden vapulear otra vez el ya confuso mercado del etanol y el biodiesel elaborado con materias primas agrícolas.

Algunos de esos enfoques provienen de: a) El muy polémico objetivo de dar rienda suelta, en Estados Unidos, a la producción y comercio de los combustibles fósiles (gas, petróleo y ciertas explotaciones de carbón) a partir de la revisión de los actuales enfoques y compromisos sobre el Cambio Climático, lo que llevaría a desplazar, por meras razones económicas, y falta de interés estratégico, el uso de la agro-energía; tanto es así, que el actual Secretario de Agricultura Tom Vilsack le dijo a Biofuels que hoy resulta incierta la subsistencia del Plan sobre Standards de Combustibles Renovables (RFS en inglés); y b) La nueva reducción que coloca en el 7 y el 3,8% los topes oficiales para el año 2020 y 2030 respectivamente, al uso autorizado de la agro-energía en el sistema global de transporte europeo (la meta original era del 10 más 6%, con objetivos crecientes).

No hace falta recordar que el desarrollo de los biocombustibles de base agrícola precipitó la lluvia de divisas que borró todo signo de cordura política en las dirigencias de la mayor parte de los países, entre ellos el nuestro, que durante 2003 a 2014 se beneficiaron de los altos precios internacionales del maíz, la soja, el trigo, el arroz y varios subproductos alimentarios y energéticos. Hace dos años que esa prosperidad, sustentada en una peculiar visión de la demanda china, se desdibujó por arte de magia.

A partir de 2010, el autor de esta columna puso énfasis en comentar con frecuencia lo que tenían en mente los dos grandes actores de la agro-energía, la UE y Washington, en medios de prensa y foros altamente especializados. Esas observaciones no parecían consistentes con la bonanza del precio internacional, ni con lo que la gente deseaba creer.

Los popes de la política criolla habían decidido olvidar el discernimiento (Francisco dixit) y se hicieron adictos a las predicciones, siempre respetables, pero no infalibles, de la Secretaría de Agricultura de Estados Unidos (USDA), la OECD y la FAO, con datos que a fines de 2014 mostraron su invalidez en pocas semanas. Hasta el momento nadie intentó explicar con mejores ideas por qué el nivel de precios de la soja pasó de superar los u$s 520 la tonelada, a estabilizarse en la cota actual de los u$s 330/370, ni tampoco por qué la clase media china, supuesto pilar de la demanda creciente, “decidió” renunciar a su condición de gran mecenas del desarrollo agro-energético Occidental. Demos vuelta la página.

El hecho es que, a fines del mes pasado, Washington dio a conocer su voluntad de no renovar el Entendimiento bilateral sobre el comercio de carnes sin hormonas suscripto en 2009 con Bruselas. Ese texto había sustituido con nuevas oportunidades de exportación las restricciones que hasta 2009 Estados Unidos le aplicaba a la UE por el incumplimiento del fallo de la OMC que declaró ilegal, y sin fundamento científico, la antigua prohibición europea de importar carnes con hormonas promotoras del crecimiento. Esa prohibición comunitaria fue adoptada a mediados de los 80 y su dirigencia se obstinó en preservarla a sangre y fuego.

Entre nosotros, el licenciado Miguel Gorelik publicó días atrás una nota sobre el tema en el número 123 de Valor Carne. Su informe está alineado con diversos comentarios y trascendidos que circularon en el Viejo Continente y en influyentes publicaciones de Washington.

Si la historia sigue ese curso, es posible que resulten minadas las bases del comercio amparado por la Resolución 481 y otras decisiones complementarias de la UE, mediante las que fueron abiertas dos cuotas de importación de carnes sin hormonas por un total de 48.000 toneladas anuales (45.000 negociadas con Washington y 3000 con Canadá). A pesar de que esa cuota global fue administrada bajo las reglas de Nación más Favorecida de la OMC, y que el Entendimiento se notificó en tiempo y forma a su Órgano de Solución de Diferencias, las partes decidieron no hacerla vinculante en dicho foro multilateral. Todo ello consta en un trabajo profesional que elaboré a fines del 2013, donde se explicaba en detalle el alcance del aludido enfoque.

Hoy los productores y el gobierno alegan que el negocio que se armó con Europa para compensar los intereses afectados de Estados Unidos, fue copado por las exportaciones de Australia, Uruguay y la Argentina (en el 2015, un año algo excepcional, esas tres naciones se quedaron con alrededor de dos tercios de la cuota total de importación creada por la UE; sin embargo, por la falta de carne exportable que generó la política oficial de la época, Argentina sólo absorbió unas 2.000 toneladas, algo “lógico” para un proveedor global que en los últimos años apenas consiguió aprovechar parcialmente, por la antedicha razón, su propia y muy rentable cuota-país de 30.200 toneladas con ese mercado). A la industria norteamericana nunca le resultó fácil armar lotes competitivos de carne sin hormonas, lo que explica el decepcionante resultado del negocio que ahora propone dinamitar.

Sería bueno entender a qué fin útil responde la noción de vivir de espaldas a la realidad.

 

 

 

 

 

Jorge Riaboi, Diplomático y periodista, para el Cronista

 

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